El centro de tratamiento sirvió de ayuda, aunque su hijo beba todavía

Por Peggy J., Missouri
Boletín Al-Anon y Alateen en acción, Vol. 40, No. 4, 2007

La bebida de mi hijo ha ido en aumento desde que tenía catorce años. Poco a poco empezó a agregarle otras sustancias para aumentar la sensación de intoxicación.

Cuando tenía diecisiete años, lo arrestaron y le imputaron un delito grave. Tanto mi esposo como yo sabíamos que no queríamos pagar la fianza para que lo dejaran libre. Dos días después, mi esposo y yo nos fuimos de vacaciones.

Finalmente, se estuvo de acuerdo en que lo dejarían salir de la cárcel si asistía a un programa de tratamiento interno, al cual asistió. Mientras estaba internado, mi esposo y yo asistimos a la semana familiar. Sabíamos que necesitábamos que nos ayudaran a encontrar paz en nuestras vidas, pero pensábamos que eso se podía sólo si nuestro hijo se encontrara sobrio.

Mientras asistíamos a algunas sesiones de grupo del centro, siempre oía que la consejera le preguntaba a los pacientes: “¿Usted cree que su mamá considere la posibilidad de asistir a Al-Anon?”

Durante un receso, la consejera nos comentó que ella era miembro de Al-Anon. Dijo que había aprendido a llevar una vida pacífica mientras que tanto su hijo como su hija, indigentes los dos, seguían consumiendo bebidas alcohólicas.

No podía creer lo que decía, pero empecé a tener la sospecha de que existía la oportunidad de obtener ayuda.

Nuestro hijo fue dado de alta del centro, y dos días después asistí a la primera reunión. Hoy la paz y la serenidad han nacido en mí a pesar de que mi hijo continúe viviendo al estilo de un alcohólico.

Me agrada decirle a la gente que la estadía de mi hijo en un centro de tratamiento de treinta días no surtió mucho efecto en él, pero lo que sí es cierto es que produjo un cambio significativo en mí.

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La esperanza es una defensa muy eficaz

Por Kelly-Ann, Dorchester, Massachussets
Boletín Al-Anon y Alateen en acción, Vol. 40, No. 2, 2007

Antes de Al-Anon, mi vida era caótica. Era una burla a mi capacidad y un insulto a mis sueños y esperanzas. Tenía metas que deseaba concretar, pero, a pesar del estímulo de profesores y amigos, parecía que no podía superar el pensamiento enfermizo que heredé al nacer en la dinámica familiar del alcoholismo.

Los penosos insultos y el abuso verbal que sufrí durante la niñez aún resonaban en todos los rincones de mi autoestima y obstaculizaban mi capacidad de aspirar a ser todo lo que Dios tenía en mente.

Entonces entré a las humildes salas de Al-Anon. Al escuchar las historias de otros miembros, me di cuenta de que no estaba sola. De repente me sentí parte de una comunidad de individuos valerosos que me demostraron que los sufrimientos de mi niñez no fueron producto de mis errores.

También me di cuenta de que la enfermedad del alcoholismo no discrimina. Al final, la vergüenza y la culpa encerradas en lo más profundo de mi ser comenzaron a desvanecerse. La vergüenza y la culpa ya no podían ocultarse en la oscuridad de mi confusión gracias a los instrumentos que aprendí en el programa. Ya no soy víctima de un pasado doloroso. En mi niñez no tuve muchas opciones, pero las tengo ahora como mujer.

Me fijé metas “Un día a la vez”, por más pequeñas que fueran, también me acerqué a mi sueño de convertirme en una escritora de éxito y, algún día, en esposa y madre. Lo “mantenía simple” y hacía todo lo que podía con el fin de no abrumarme. “Solté las riendas y se las entregué a Dios” al renunciar a mi necesidad de controlar.

Entiendo que no causé el alcoholismo de mi madre, no lo pude controlar y no lo pude curar. Era una niña, incapaz ante los adultos que regían mi mundo e incapaz ante una enfermedad poderosa. Como adulta, aún soy incapaz ante el alcoholismo, pero ya no lo soy ante mis decisiones.

Los Pasos, los lemas y los miembros me han dotado de la defensa más eficaz: la esperanza. Hoy tengo la esperanza de lograr vivir la vida que siempre creí merecer.

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El dolor que causa el engañarnos, la alegría que da el descubrirnos

Por Nancy B., Carolina del Sur
Boletín Al-Anon y Alateen en acción, Vol. 40, No. 2, 2007

La verdad surgió un sábado por la tarde después de años de convivencia con la enfermedad del alcoholismo. Revelar mi dolor y mi temor era una manera simple de admitir que mi vida estaba descontrolada. La hija de una amiga vino a visitarme y me habló de Al-Anon. Hasta entonces, no tenía idea de lo que Al-Anon era ni de lo que podía ofrecerme.

Año tras año, veía el nombre Al-Anon en la marquesina de una iglesia. También sabía dónde había una reunión esa misma tarde. Ahora creo que mi Poder Superior me había estado preparando para esa tarde.

Los miembros de Al-Anon me dieron la bienvenida con sonrisas llenas de calidez. Esa noche, descubrí la esperanza. No sólo advertí y escuché esa esperanza, sino que también me di cuenta de que necesitaba lo que ellos tenían al observar la paz y la serenidad que me ofrecieron. También oí decir: “Ocúpate de tus asuntos”, lo cual comencé a poner en práctica.

Hace mucho tiempo, en vez de decir lo que honestamente era, inventaba historias sobre lo que de mí quería que los demás creyeran. Al seguir asistiendo a reuniones, encontré un grupo local en el que me sentí lo suficientemente a gusto como para confiar en otra gente. Al-Anon fue el lugar donde empecé a aprender a ser honesta conmigo misma y donde comencé a desenmascararme.

Mediante pequeños pasos, aprendí a sentir y reconocí cómo me había afectado la enfermedad. En poco tiempo, la pesada carga que acarreaba comenzó a aligerarse y empecé a ver la vida de forma distinta.

Creo firmemente que a través de la aplicación de los Pasos de Al-Anon, del apoyo de un Padrino o Madrina, del desarrollo de una relación más estrecha con mi Poder Superior y de la participación en el servicio, pude reemplazar la máscara por mi verdadero yo. Encontré la felicidad que nunca había experimentado.

Al-Anon es un programa que me ha dado vida. He descubierto quién soy en realidad: una persona dispuesta a correr riesgos y a soñar de nuevo. Agradezco a todos los que me brindaron amor incondicional. Ahora puedo retribuir lo que me han dado.

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